Los economistas también lloran

Los economistas tenemos fama de arrogantes y autosuficientes. Pero la verdad es que somos como todos los seres humanos: llenos de inseguridades, frágiles y deseosos por ser aceptados. De hecho, la economía -y especialmente la economía en la academia- es una disciplina tan competitiva que los miembros de la profesión sufren una constante presión psicológica.

Esta situación se hizo patente la semana pasada con el suicidio del economista eminente Alan Krueger, una de las estrellas indiscutibles del firmamento académico mundial.

Alan Krueger tenía una de las cátedras más distinguidas en la Universidad de Princeton -la cátedra James Madison- y había sido el principal asesor económico del presidente Barack Obama. Su trayectoria había sido tan brillante que se encontraba en prácticamente todas las listas sobre futuros premios Nobel.

Para los economistas, Krueger representaba lo mejor de la profesión. Un hombre de ideas profundas, cuyas publicaciones sobre el mercado laboral, la economía de la educación, la distribución del ingreso, la felicidad y el dolor tuvieron un enorme impacto. Sus investigaciones -con el profesor de Berkeley David Card- pusieron en duda la idea ortodoxa de que un aumento (módico) en el salario mínimo generaba grandes saltos en el desempleo.

El expresidente Obama habló con admiración de su excolaborador. También lo hizo el ex secretario del Tesoro Larry Summers. El columnista del New York Times y premio Nobel Paul Kruman escribió una sentida columna sobre quien fuera su colega durante décadas. Todos nos preguntamos: ¿Qué le habrá pasado? ¿Qué presiones habrá tenido que lo llevaron a tan drástica decisión? ¿Por qué no nos habló? ¿Por qué no pidió ayuda?

Hace unos días, y a la luz del suicidio de Alan Krueger, la revista Chronicle of Higher Education publicó un artículo sobre las presiones de la academia moderna, presiones que afectan aun a los más exitosos y seguros de sí mismos. La presión por publicar, por ser original, por distinguirse de los demás; la presión por llegar primero a conclusiones que revolucionarán las distintas disciplinas. Esta situación muchas veces lleva a la depresión. Pero el tema no se discute. Como si flaquear fuera una vergüenza, un signo de debilidad, una manifestación de no pertenecer a la comunidad intelectual.

Pero no es solo eso. En la academia internacional, y especialmente en la disciplina de economía, se valora la rudeza, el aguante, la piel gruesa para resistir embates y críticas destempladas. Se premia la agresividad en los seminarios; también las actitudes aguerridas. Es quizás por esto que hay tan pocas mujeres en los rangos más altos de los departamentos de economía y escuelas de negocios de las mejores universidades. En Chile, por ejemplo, no hay ninguna profesora titular ni en el departamento de economía de la Universidad Católica ni en el de la Universidad de Chile.

Es hora de que las cosas cambien. Es hora de reconocer que la Salud Mental es esencial para el buen funcionamiento de las escuelas, de las universidades y las comunidades, y de la sociedad. Es hora de aceptar que los académicos somos tan frágiles y vulnerables como el resto, o quizás más. Es posible que la soledad en la que hacemos nuestro trabajo nos predisponga a la depresión. Debajo de los caparazones y armaduras hay seres humanos sensibles, buenas personas que se emocionan, individuos que quieren tener amigos, que buscan una palabra de aliento, que no quieren seguir viviendo en un mundo de eterna competencia.

En mis casi 40 años de profesor universitario en los Estados Unidos, nunca he escuchado una preocupación por el estado de ánimo de un colega; nunca he tenido una conversación sobre Salud Mental, problemas psicológicos o depresión. Es como si el problema no existiera entre nosotros, como si fuera una cuestión que nos es totalmente ajena, que afecta al resto del mundo, pero no a los súper hombres y (escasas) súper mujeres de los claustros.

Apenas conocí a Alan Krueger. Hace casi 20 años lo convidé a una conferencia académica en San José de Costa Rica. Éramos un grupo pequeño, no más de 12 personas, y pasamos tres días en un hotel en Escazú discutiendo sobre economía laboral, desempleo y regulaciones, sindicatos y productividad. Alan demostró su profundidad intelectual, y al mismo tiempo su famoso temperamento calmado. Además, durante los períodos de relajamiento, confirmó que era un gran tenista. Se le recordará por su brillantez y por sus contribuciones profesionales. Pero también se le recordará por haber dado una dramática voz de alarma sobre el grave problema de la Salud Mental entre los profesionales en general y los economistas académicos en particular.

Autor: Sebastián Edwards

Fuente: El Mercurio

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